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Isla Gorriti – Punta del Este

Muchos escapan de la movida esteña para disfrutar a bordo de yates de uno de los rincones más tranquilos del balneario

Sacar el barco del puerto y anclarlo en la Isla Gorriti, del lado que mira al Atlántico, al horizonte más azul de todos es solo para algunos.

Hay mucha paz. Ahora todos traen su yate. Es que la playa donde se encuentra el único parador de la isla está “invadida” de yates de todo tamaño y color. Navegar, anclar, y bajar a nado a tierra firme se convirtió en una moda entre los propietarios de barcos que veranean en Punta.

Es una aventura espectáculo natural: el atardecer sobre el mar, ese que todos miran desde la Playa Mansa, desde Solanas, desde Casapueblo, pero al que ellos acceden desde el mismísimo mar.

Si el sol raya en lo alto, el calor abruma. Protegida por la curva de la península, la playa de la Isla Gorriti casi no sufre el golpe del viento, el mismo que azota con fuerza las olas de la Playa Brava. De manera que bajarse del yate tirándose de cabeza o de bomba resulta un verdadero placer. Muchos aprovechan para practicar nado y deportes acuáticos varios y casi nadie se queda demasiado tiempo en la playa, menos aún sin sombrilla. Para los más calurosos, el parador se convierte en un oasis. Los jugos naturales y licuados salen uno tras otro a menos de 10 dólares y el clericó con espumante es el trago más pedido.

Ubicada a 20 minutos de viaje en lancha desde el puerto, la isla es ese lugar al que gustan de ir al menos una vez los veraneantes de siempre, y la excursión por excelencia de los turistas primerizos, que la ven desde que ingresan a Punta del Este, a la derecha del camino, no bien cruzan Punta Ballena y ya se imaginan la aventura de cruzar a conocerla. Ahí nadie “juega de local”. Todos son visitantes. No hay hoteles ni cabañas. Tampoco se puede acampar. Los únicos con posibilidades de pasar una noche allí son los marineros. Para estos, el mejor horario para disfrutar de la isla es la mañana, cuando los turistas todavía no se animan a cruzar desde el puerto en lancha, la paz reina y el calor no agobia. A la tarde, algunos aprovechan para navegar a lo largo de la costa y mirar la puesta del sol en movimiento, ya que todos coinciden en que no se puede abandonar la isla o al menos el mar manso antes del atardecer.

Mientras la movida esteña se concentra en las playas de moda, con su música, sus eventos y destellos glam, este paraje bien conocido pero poco explotado se convierte en el lugar diferente, donde el atractivo principal es el anonimato.