Punta del Este, codiciado botín

Compartimos con ustedes una nota Editorial publicada esta mañana en El Pais Digital.

“Hasta que un inglés visionario, Enrique Burnett, recaló en nuestras costas en
las postrimerías del siglo XIX, Punta del Este y su entorno (Villa Constitución
hasta 1907) era un desolado paraje de grandes dunas movedizas. Con paciencia y
tesón infinitos empezó a plantar los pinos que no solo fijaron el suelo y lo
hicieron habitable, sino que le dieron a esta incomparable península una de sus
características más preciadas. La armónica convivencia del mar y el follaje, en
una exitosa combinación de costa expuesta con vistas marinas maravillosas y el
refugio sedante del barrio jardín, bajo la luz y sombra de los pinares.

Sin embargo con el paso del tiempo, el interés de algunos, ya sea pecuniario
(negocios), puramente venal, (coimas) o político (votos), ha llevado a que la
arboleda emblemática de este privilegiado lugar se transforme cada vez más, en
un bosque de cemento. No falta mucho para que sea muy difícil divisar un pino a
la distancia, ya sea porque fueron tirados abajo o porque los tapa un edificio,
tal como se puede apreciar hoy al hacer la curva en la rambla de la Playa Brava
que lleva hacia el puente del arroyo Maldonado.

Arrasados completamente todos los árboles para levantar un edificio atrás de
otro, (todavía en construcción) y como si no hubiera suficiente cemento por
todos lados, tanto sobre la playa Mansa, (se discute la construcción de varias
torres más, a la altura de la parada 16), las otras cercanas a la Punta, las de
la península misma y las múltiples que están sobre la playa Brava, con el en su
tiempo discutido fraccionamiento Lobos, pleno de rascacielos, ahora en la
Intendencia de Maldonado se aprestan a sacar una nueva normativa para la zona
todavía verde que queda detrás de las mencionadas construcciones en rincón del
Indio.

Decisión que quedó disimulada tras el voluminoso estudio, (lo sería menos si
no se repitiera tanto) del llamado desarrollo del Eje Aparicio Saravia, (el
héroe nacionalista no está en el negocio) encargado a un ambientalista
argentino, Ruben Pesci. Junto a la investigación sobre los humedales de la
cuenca del arroyo Maldonado e idealistas planes de parquización a su vera, se
observó que al costado de dicha Avenida hay, mejor dicho queda, un espacio
subocupado.

Por lo tanto, hay que facilitarle las cosas al inversor que compró esas
tierras para que termine definitivamente con la foresta que aún vive, para
levantar allí unos 30 edificios. Primero iban a ser de 4 pisos, luego de 10 y
ahora hasta 30, contando los garajes.

Pensando solo en mañana y no con amplitud de miras, como hizo Burnett o
Lussich en Punta Ballena, plantando cientos de especies, y con el manido
argumento de las fuentes de trabajo que produce la construcción, el Intendente
De los Santos y su staff priorizan los negocios inmediatos sin detenerse a
pensar en el nuevo daño que se está por hacer. Es no darse cuenta, si no es algo
más turbio, que el inmenso atractivo de Punta del Este se halla íntimamente
ligado a su naturaleza y a un estilo de vida y que su destino no es convertirse
en un nido de torres, corrientes de aire y sombra multiplicada.

Deberían tener claro que los argentinos que descubrieron este sitio, que lo
adoptaron y le dieron gran parte de su glamour, lo hicieron huyendo de la ciudad
en que se había transformado Mar del Plata, siendo desde entonces mayoría entre
los veraneantes.

Embriagados por el dinero que tienen en sus alforjas, algunos promotores
inmobiliarios a los que solo les importa su negocio o desean invertir por la
razón que fuera, cuentan con el apoyo de ediles y autoridades fernandinas que no
tienen conciencia de que están matando a la gallina de los huevos de oro. No
solo están vulnerando los derechos de quienes también invirtieron previamente y
eligieron un cierto paisaje y contorno, que no era el de una ciudad, sino que se
corre el riesgo de terminar como en aquellos lugares, (sobran ejemplos como el
de la costa española) donde la prioridad fue construir y construir, hasta que
aquello se vino abajo. Y ni que decir del peligro latente de la actual burbuja
inmobiliaria. Es factible que este bello lugar del mundo, de corta temporada
estival, termine convertido en una urbe fantasmagórica. La idea de crear una
nueva Península en Rincón del Indio, con avenida y rascacielos, es un grave
error”